El arroz pierde terreno: ni el clima favorable logra revertir la caída de la campaña
La campaña arrocera 2025/2026 dejó una señal clara: la rentabilidad pesa más que el clima. A pesar de las expectativas iniciales vinculadas a un evento de La Niña, históricamente asociado a condiciones favorables para el arroz, la superficie sembrada se redujo de manera significativa en la Argentina.
Según el relevamiento de la Bolsa de Comercio de Santa Fe junto con entidades de Entre Ríos, el área destinada al arroz cayó a 204.900 hectáreas, lo que implica una reducción de 26.750 hectáreas respecto del ciclo anterior. El dato confirma que, en este caso, los factores económicos terminaron por imponerse sobre las variables climáticas.
La “tormenta perfecta” de precios y costos
El retroceso en la siembra encuentra su explicación en una combinación de factores que golpearon de lleno los márgenes del cultivo. El principal detonante fue la fuerte caída en los precios del arroz cáscara, que registró una baja cercana al 37% en pocos meses.
El tipo largo fino pasó de valores de $430.000 por tonelada a unos $227.000, mientras que el largo ancho descendió de $560.000 a aproximadamente $368.000. Este ajuste abrupto modificó por completo la ecuación económica de los productores.
A este escenario se sumó el aumento de costos, especialmente en insumos clave como la energía eléctrica para riego y los fertilizantes. El resultado fue una compresión de márgenes que elevó el riesgo de inversión, obligando a muchos productores a reducir su apuesta o directamente a salir del cultivo.

El impacto en las principales regiones productoras
La caída de la superficie no fue homogénea, pero sí generalizada. Las provincias de Corrientes y Entre Ríos, consideradas el corazón arrocero del país, concentraron la mayor parte del ajuste, seguidas por Santa Fe y Chaco, que también mostraron retrocesos.
La única excepción fue Formosa, que logró expandir su área de arroz en un 10%. Sin embargo, este crecimiento resultó insuficiente para compensar la tendencia negativa a nivel nacional.
El informe también destaca la alta concentración territorial del cultivo: el 47% de la producción se concentra en apenas cinco departamentos. Entre ellos sobresalen Mercedes y Curuzú Cuatiá en Corrientes, junto con Villaguay en Entre Ríos y el eje santafesino conformado por San Javier y Garay. Esta concentración acentúa el impacto de cualquier cambio económico o climático en esas regiones clave.
Clima adverso en plena siembra
Paradójicamente, mientras la economía desalentaba la siembra, el clima tampoco jugó del todo a favor en momentos críticos. Durante el período de implantación del arroz, entre septiembre y noviembre, se registraron lluvias intensas que complicaron las labores en campo.

El bimestre noviembre-diciembre estuvo marcado por precipitaciones abundantes que generaron demoras en el avance del cultivo. En particular, en el norte de Corrientes se produjeron excesos hídricos que afectaron la logística de siembra.
Como resultado, hacia diciembre solo se había implantado el 19% de la superficie total, unas 38.000 hectáreas, reflejando un ritmo más lento de lo habitual.
Un cultivo bajo presión estructural
El caso del arroz pone en evidencia un problema más amplio dentro del sector agropecuario: la sensibilidad de los cultivos intensivos a los costos y a las condiciones de mercado. A diferencia de otros granos, el arroz depende en gran medida del riego, lo que lo vuelve especialmente vulnerable a aumentos en tarifas energéticas.
En este contexto, incluso un escenario climático potencialmente favorable como el asociado a La Niña no alcanza para compensar una ecuación económica negativa. La rentabilidad se convierte así en el factor decisivo a la hora de definir la superficie sembrada.

Perspectivas y desafíos hacia adelante
El retroceso de la campaña 2025/2026 abre interrogantes sobre el futuro del cultivo en la Argentina. La sostenibilidad del arroz dependerá de mejoras en los precios, mayor eficiencia productiva y condiciones de costos más equilibradas.
Al mismo tiempo, el sector enfrenta el desafío de adaptarse a un contexto cada vez más exigente, donde la competitividad no solo depende del clima, sino también de variables macroeconómicas y estructurales. En definitiva, la campaña de arroz deja una enseñanza contundente: en el agro moderno, el clima puede ayudar, pero no alcanza si los números no cierran.
