Suelos, agua y manejo: las claves técnicas que sostienen la producción del campo
En la Argentina agrícola, buena parte del potencial productivo del campo se define mucho antes de la siembra. Está debajo de la superficie, en la interacción entre el suelo y el agua. La capacidad de un lote para retener humedad, ofrecer nutrientes y sostener el desarrollo de los cultivos explica diferencias de rinde que, muchas veces, no se deben al clima del año sino a las características propias de cada ambiente, según una reciente investigación de CREA.
Cómo el agua y el suelo definen al campo
En un país con una enorme diversidad de climas y paisajes, los suelos también son variados. En la región pampeana predominan los molisoles, reconocidos por su alto contenido de materia orgánica y su gran aptitud agrícola. En otras zonas aparecen suelos más arcillosos, con limitaciones de drenaje, o suelos someros asociados a áreas serranas y regiones extrapampeanas. Conocer esas diferencias no es un dato académico: es una condición básica para planificar la producción de manera eficiente y sostenible.
Desde hace más de seis décadas, el INTA trabaja en la elaboración de cartas de suelo que permiten caracterizar los distintos ambientes productivos. Estos mapas describen los suelos a partir de observaciones morfológicas y análisis físico-químicos de laboratorio, y delimitan unidades que comparten propiedades similares. En los últimos años, ese trabajo se profundizó con la incorporación de variables clave como la capacidad de almacenamiento de agua útil a diferentes profundidades.

En provincias como Córdoba, la actualización de los mapas de suelo incorporó información sobre la retención hídrica hasta más de un metro de profundidad. Este dato resulta estratégico para anticipar escenarios de sequía o exceso hídrico y ajustar decisiones de manejo, desde la elección del cultivo hasta las rotaciones y, en zonas bajo riego, la programación del agua. Estos avances se integran a la Red Nacional de Cartografía de Suelos y Evaluación de Tierras, que articula equipos técnicos del INTA en todo el país.
Desde el sector productivo, la red CREA también aporta información clave. En Santa Fe, por ejemplo, se impulsaron relevamientos sobre fósforo, materia orgánica, erosión hídrica y balance de agua en los suelos. Los resultados se volcarán en una plataforma digital con doble objetivo: generar conocimiento científico y servir como insumo para el diseño de políticas públicas orientadas a la conservación del recurso.
La fertilidad del suelo es otro eje central. Se trata de la capacidad del sistema para proveer nutrientes esenciales y mantener condiciones físicas y biológicas adecuadas para el crecimiento de los cultivos. En Argentina, la caída de la materia orgánica y los bajos niveles de fósforo aparecen entre las principales limitantes productivas, especialmente en zonas con alta intensidad agrícola.

Un estudio de largo plazo del INTA Oliveros, con 16 años de seguimiento, mostró que la incorporación de gramíneas y cultivos de cobertura en la rotación permitió aumentar el rinde de soja en más de un 20% respecto del monocultivo. El trabajo confirmó que la diversificación no solo mejora el balance de nutrientes, sino que también fortalece la estructura del suelo y su capacidad para captar y retener agua.
Experiencias de productores CREA, junto al INTA, también demostraron el impacto del uso de estiércol bovino como enmienda orgánica. La aplicación de este recurso permitió mejorar los balances de fósforo y aumentar el contenido de carbono del suelo, con incrementos de hasta 16% en los rindes y beneficios ambientales asociados a la reutilización de residuos de feedlot.
La fertilización balanceada completa el escenario. Ensayos de la red CREA indican que, en cultivos como trigo y maíz, el manejo nutricional explica hasta el 25% de la variación de los rendimientos entre lotes. Ajustar dosis y fuentes según cultivo, ambiente y expectativa de rinde no solo mejora la productividad, sino también la eficiencia económica.

La textura del suelo —la proporción de arena, limo y arcilla— termina de definir la ecuación hídrica. Los suelos arenosos drenan rápido y almacenan poca agua; los arcillosos retienen más, pero pueden sufrir anegamientos; los francos ofrecen un equilibrio favorable para la mayoría de los cultivos. En distintas regiones del país, la combinación entre textura, profundidad efectiva y manejo explica por qué algunos ambientes mantienen estabilidad productiva aun en campañas complejas.
Así, el conocimiento del suelo y del agua deja de ser un diagnóstico estático para convertirse en una herramienta de gestión. En un contexto de mayor variabilidad climática, entender qué hay debajo de cada lote es clave para sostener la productividad y cuidar el principal capital de la agricultura argentina.
Con información de Contenidos CREA
