Más olas de calor: cambio climático y campo en alerta
Durante el verano argentino, es habitual registrar días con altas temperaturas. Sin embargo, el problema surge cuando el calor persiste durante las noches y se mantiene varios días consecutivos, generando lo que se conoce como olas de calor. Este fenómeno no solo afecta a la población, sino que tiene un impacto directo en la producción agropecuaria, que depende casi exclusivamente de las condiciones climáticas.
Especialistas de Argentina en clima advirtieron que desde la década de 1960 hasta la actualidad, la cantidad de olas de calor se cuadruplicó en el país. Esto significa que los eventos extremos de calor se han multiplicado por cuatro en los últimos 60 años, una señal de alarma ante el aumento de fenómenos climáticos que afectan al campo y a la economía nacional.
Qué es una ola de calor y cómo se mide
Se define como ola de calor a la persistencia de altas temperaturas mínimas y máximas durante al menos tres días consecutivos, tomando en cuenta umbrales específicos por región. Por ejemplo, en Junín, en plena zona núcleo agrícola, se considera ola de calor cuando las mínimas superan los 18,9°C y las máximas alcanzan los 32,9°C durante al menos tres días seguidos.
Estos valores no son arbitrarios: el calor prolongado afecta la salud humana y genera estrés en cultivos y animales, especialmente en áreas de alta producción agrícola. Las olas de calor suelen presentarse entre octubre y marzo, con un pico en enero, seguido de diciembre, febrero y marzo. En la zona núcleo, la mayoría de estos eventos duran tres días, aunque algunos se extienden hasta seis o siete jornadas.

Consecuencias en el agro y la economía
Los períodos de calor extremo casi siempre vienen acompañados de semanas sin lluvias o de días de alta insolación, lo que provoca sequías severas y pone al campo bajo una presión intensa. Un ejemplo reciente fue la temporada 2022/2023, en la que se estima que las pérdidas en maíz y soja alcanzaron los USD 15.000 millones. Millones de hectáreas se vieron afectadas, evidenciando la vulnerabilidad del sector ante fenómenos climáticos prolongados.
Además, cuando las olas de calor coinciden con altos niveles de humedad relativa, la sensación térmica se incrementa, generando mayor estrés térmico en personas, animales y plantas. Este efecto combinado complica la gestión de los cultivos y la ganadería, dificultando la planificación y aumentando los riesgos de pérdidas económicas.

Monitoreo y prevención: claves para mitigar el impacto
Ante este escenario, los especialistas recomiendan reforzar los sistemas de monitoreo climático y adaptar prácticas agrícolas para mitigar los efectos de las olas de calor. Esto incluye estrategias como riego suplementario, ajuste de calendarios de siembra y selección de variedades más resistentes al estrés térmico.
El incremento sostenido de las olas de calor también subraya la importancia de políticas públicas y medidas de adaptación, tanto en el ámbito urbano como rural. El impacto económico de estos fenómenos no se limita al campo: afecta los precios de los alimentos, la disponibilidad de recursos hídricos y la salud pública.

Una señal de alerta global
El hecho de que la frecuencia de olas de calor se haya cuadruplicado en seis décadas refleja una tendencia global de fenómenos climáticos extremos, que no solo amenaza la producción agropecuaria, sino también la seguridad alimentaria del país. Los especialistas coinciden en que la preparación, la prevención y el seguimiento sistemático del clima son herramientas esenciales para reducir los daños y garantizar la sostenibilidad del sector productivo.
En conclusión, mientras la población y el campo argentino enfrentan olas de calor más frecuentes e intensas, la adaptación y la gestión del riesgo climático se vuelven estratégicas. La historia reciente demuestra que sin medidas preventivas, fenómenos como los registrados en la temporada 2022/2023 pueden generar pérdidas millonarias y afectar la economía de todo el país.
