Carinata, camelina y colza: las oleaginosas invernales que ganan espacio en el agro argentino
Las oleaginosas invernales como la carinata, la camelina y la colza comienzan a consolidarse como una alternativa dentro de los sistemas agrícolas argentinos. Según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), estos cultivos ganan protagonismo al integrarse a las rotaciones productivas y vincularse con mercados emergentes de bioenergía que demandan materias primas con menor huella ambiental.
A diferencia de los cultivos tradicionales del complejo oleaginoso, estas especies se insertan en esquemas productivos y comerciales diferenciados, con destinos específicos en la industria energética. En particular, la camelina y la carinata aparecen cada vez más asociadas a la producción de biocombustibles avanzados.
El crecimiento de estas alternativas responde a la combinación entre la necesidad de intensificar los sistemas productivos, sus aportes agronómicos y la expansión de los mercados energéticos sostenibles, factores que impulsan su adopción en distintas regiones del país.

Intensificación agrícola y uso del barbecho invernal
Uno de los principales aportes de la carinata, la camelina y la colza es su capacidad para sumar una etapa productiva durante el invierno, reemplazando barbechos largos por períodos activos de crecimiento.
En ese sentido, pueden actuar como “cultivos de servicio con renta”, ya que ocupan ventanas productivas que normalmente permanecen sin cultivo. Esto permite mejorar la eficiencia del sistema agrícola al generar ingresos adicionales y mantener el suelo en actividad.
La adaptación de cada especie depende de la duración del barbecho. La colza y la carinata se ajustan mejor a períodos más largos, mientras que la camelina, por su ciclo más corto, se adapta a ventanas productivas más acotadas. Este esquema encuentra oportunidades especialmente en zonas alejadas de la influencia marítima, donde existen amplias superficies en barbecho invernal.
Beneficios agronómicos y ambientales
Además de su aporte productivo, estos cultivos presentan ventajas agronómicas que contribuyen a mejorar la calidad del suelo. Investigaciones de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) destacan que sus raíces profundas favorecen la descompactación biológica, mejoran la aireación del suelo y aumentan la infiltración de agua.
Otro aspecto relevante es su alta producción de biomasa, que contribuye al balance de carbono del sistema agrícola. Parte de esa biomasa se incorpora al suelo, favoreciendo el aumento del carbono orgánico y la disponibilidad de nutrientes.

Asimismo, algunas de estas especies presentan efectos alelopáticos que ayudan al control de malezas, especialmente en el caso de la camelina. Este atributo resulta valioso en zonas con presencia de malezas resistentes, ya que permite mejorar las condiciones del lote para el cultivo siguiente.
El impulso de la bioenergía
El desarrollo de la carinata, colza y camelina también está vinculado con la expansión de los mercados de bioenergía, que demandan aceites vegetales certificados para la producción de combustibles con menor impacto ambiental.
Entre los principales destinos se encuentran el biodiésel convencional y los biocombustibles avanzados, como el Aceite Vegetal Hidrotratado (HVO) y el Combustible Sostenible de Aviación (SAF).
El SAF aparece como una de las alternativas más relevantes para reducir las emisiones del transporte aéreo, ya que permite disminuir hasta un 80% los gases de efecto invernadero en comparación con los combustibles fósiles tradicionales.

Superficie en expansión y desafíos
El desarrollo de estas oleaginosas todavía es incipiente, pero muestra un crecimiento significativo en los últimos años. Estimaciones del sector indican que la superficie total implantada alcanzó unas 170.000 hectáreas en 2025, cuando tres años atrás rondaba las 30.000 hectáreas.
Dentro de este grupo, la colza es el cultivo con mayor información disponible. Para la campaña 2024/25, la superficie sembrada alcanzó 35.147 hectáreas, con una producción de 58.379 toneladas y rendimientos cercanos a 2 toneladas por hectárea, aunque con fuertes diferencias regionales.
En el caso de la camelina y la carinata, si bien no existen estadísticas oficiales consolidadas, estimaciones del sector indican superficies superiores a 35.000 hectáreas en cada cultivo para la campaña 2025/26.
