2026 y el campo: por qué el Estado dependerá más que nunca del agro


En este 2026 el campo vuelve a convertirse en un aliado estratégico del Gobierno. Tras dos años consecutivos de superávit fiscal primario, el Gobierno nacional enfrenta en 2026 un escenario distinto al que marcó el inicio de la gestión. El ajuste del gasto público —histórico por su magnitud— comienza a mostrar límites evidentes, especialmente en rubros sensibles como jubilaciones, obra pública y transferencias a las provincias. En ese contexto, la consolidación fiscal futura dependerá menos de seguir recortando y más de una variable clave: la capacidad del Estado de recaudar en una economía que vuelva a crecer. Y allí, el campo aparece otra vez en el centro de la escena, según el Informe Macroeconómico CREA N°336.

El campo como aliado del gobierno en 2026

La eliminación del impuesto PAIS, que implicó una pérdida cercana a un punto del PBI, deja al descubierto una realidad estructural: el fisco necesitará ingresos genuinos, sostenidos y previsibles. Con un sistema tributario todavía ineficiente y una presión fiscal elevada, el margen para crear nuevos impuestos es escaso. Por eso, el foco se desplaza hacia la reactivación de los sectores que generan divisas, empleo formal y valor agregado, entre los que el complejo agroindustrial ocupa un lugar central.

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Para el agro, y particularmente para la ganadería, 2026 se perfila como un año de mayor protagonismo macroeconómico. La recuperación del stock bovino, la mejora en los índices productivos y una demanda internacional que, aunque selectiva, sigue firme para proteínas animales, colocan al sector como una de las principales fuentes potenciales de ingresos fiscales vía derechos de exportación, IVA, Ganancias y tributos provinciales.

A diferencia de otros momentos, el Estado no llega a este punto con una lógica de expansión del gasto financiada con emisión, sino con una restricción clara: no hay margen para desequilibrios. Eso implica que cada punto adicional de crecimiento económico resulta crucial, y el agro —por su capacidad de generar actividad en todo el interior— se transforma en un socio inevitable para sostener la recaudación.

Sin embargo, esta mayor dependencia también plantea tensiones. El productor percibe que, aun en un escenario de mayor previsibilidad macro, la presión fiscal sigue siendo alta y la rentabilidad ajustada por costos crecientes. Insumos dolarizados, logística, sanidad y servicios continúan absorbiendo buena parte del margen, lo que vuelve clave la eficiencia productiva para sostener resultados positivos.

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En ganadería, esta situación se refleja en decisiones más finas: ajuste de cargas, planificación forrajera, mejora genética y una mirada más estratégica sobre los momentos de venta. El productor sabe que cada kilo producido cuenta, no solo para su propio negocio, sino también para un Estado que necesita actividad real para sostener sus cuentas.

Así, 2026 aparece como el año en que la relación entre el campo y el fisco vuelve a tensarse, pero desde un lugar distinto. Ya no se trata solo de cuánto recauda el Estado, sino de cómo acompaña al sector que sostiene buena parte de esa recaudación. Infraestructura, reglas claras y previsibilidad serán determinantes para que el agro pueda cumplir, una vez más, el rol que la macroeconomía le asigna.